jueves, 7 de marzo de 2013

BESAMANOS


     Busca en tu recuerdo y haz callar al hombre cobarde de todos los días. Sólo el silencio mueve las horas y el incienso empieza a escocer en los ojos y en el espíritu. Asómate al vértigo de la Verdad inminente y demuéstrate a ti mismo que aún existen tiempos de gloria. La luz, hirviendo de pasiones, palidece y se enfría. 

     Alza la voz en tu mirada y deja que te penetre los ojos vacíos de la madera y la sangre hasta los mismos mármoles de tus madrugadas. Se derriten las manillas del reloj de esa tarde y se para la vida en el beso que queda. En ese instante donde reside la eternidad buscarás la respuesta y apresarás la mano de tu recuerdo para sentir el pulso de la caoba, el latido de ti mismo que va a encontrarse con el niño que fuiste, con el hombre que eres. 

     Cuando te des la vuelta de camino a tu casa, caerás en la cuenta que únicamente eres el tiempo que te queda pero sabrás, en lo más profundo de tu corazón, que en esa mano que detiene el universo se halla la luz de tus días.

Jarevalo

miércoles, 27 de febrero de 2013

Estreno de la niñez

    De nuevo Ignacio Camacho y de nuevo volver a escribir para volver a vivir. Decía Machado que se canta lo que se pierde, y en ese lamento o canto se intenta recobrar aquello que se ha perdido. Si existe una finalidad de la Literatura por encima de las demás es la capacidad para eternizar aquello que se ha experimentado.

   Y es que la escritura eterniza lo perdurable, el momento justo de una entrada, una revirá emocionante, el beso de tu madre antes de salir por la puerta que te conduce al mundo perecedero. Ver al hijo vistiéndose de nazareno, como tú mismo hiciste, asegura la perdurabilidad de tu recuerdo y, por tanto, de ti mismo.

   De nuevo, el periodista se oculta bajo el TÚ del texto para intentar recuperar esa sensación de eternidad de la niñez, donde el niño, sin conciencia del paso del tiempo, se viste de nazareno. Este artículo, titulado Estreno, fue publicado en El Mundo en 1997.


Silencioso es el rito, no aprendido, / sino heredado, yéndole en la sangre (...)
(R.Montesinos) 

     Cuánto te gustaría ser como él. Dejarte vestir por la mañana, rodeado de los mimos y los besos que ahora le has prodigado recordando otras mañanas llenas de cariño que se pierden por los meandros de tu memoria. Vivir esos instantes trémulos de emoción y de nervios, cuando las manos maternales alisan la túnica y anudan los lazos de la capa blanca que le envuelve un cuerpo en el que apenas si le cabe el orgullo. 

     Ahora casi envidias ese momento liminal en que se contempla en el espejo con el gesto satisfecho y el porte altivo de su infinita coquetería infantil, cuando acaricia el capirote sobre la mesa del vestíbulo, cuando agarra tu mano para salir a la calle espesa ya de gente que mira con sonrisas su espléndida altivez y su formidable galantería de estreno. Y has recordado, como siempre, otras mañanas igual de limpias y azules que ésta, cuando eras tú el que caminaba de otra mano hacia la sombra agitada de una iglesia donde bullía escondido el runrún esplendoroso de la cofradía. 

     Cuánto te gustaría ser como él, de nuevo. Volver la cabeza para mirar bajo el antifaz el colorido de los globos, mover los pies al compás de la música cuya estridencia apagan las frondas del parque, girarte sin complejos para ver a tu espalda cómo se mecen las bambalinas plateadas del palio. Dejarte colocar ese imperdible que ella le pone ahora en una pausa de los costaleros, salirte de la fila para pedir un refresco y una golosina, sentir al mismo tiempo el cansancio y la fuerza para no dimitir de la experiencia, gozar a la vida plena de las inolvidables sensaciones de la primera vez. Porque ahora sabes que las primeras veces nunca se olvidan, y por eso al mirarle sientes muy fuerte la certidumbre de que estás dando vueltas a la rueda imparable del tiempo.

martes, 12 de febrero de 2013

Impaciencia de ceniza

     Para el periodista y Licenciado en Filología Hispánica Ignacio Camacho, la Semana Santa es un reflejo de nuestras pasiones que fluye en nuestras ensoñaciones, en nuestros sentimientos y en nuestra memoria. Es el tiempo detenido del niño sin conciencia del paso del tiempo, la luz de una Cuaresma ya únicamente perecedera para el cofrade de carne y ceniza. También lo es para mí.

     Es simplemente una búsqueda de instantes fugaces de belleza contenida, un cúmulo de emociones encontradas que explotan en cada geranio del recuerdo. La Semana Santa se dibuja en el espejo de nuestras retinas como reflejo de nuestras pasiones más ocultas. La realidad de la ciudad, en sus miserias y en sus grandezas, se prepara para vivir y morir de nuevo. Porque también la ciudad es polvo y en polvo se convertirá.

     En 1996, Camacho publica en El Mundo un hermosísimo artículo titulado "Impaciencia". En él, el autor se identifica con el niño que mira absorto una Fiesta que se convertirá en la lejanía de sus años adultos en un paraíso de globos y nazarenos.


Hemos vivido un mismo corazón durante largos meses...
     El sol que ha aparecido entre las nubes de la media tarde ha hecho brillar aún más los colores fulgurantes de los globos que distraen con un pálpito de seducción tu mirada infantil. Aún no alcanzas del todo a comprender la emoción interior con que tu padre se extasia ante los varales del palio; te atrae el misterio de la mriada oculta de los nazarenos, y acabas de perder la vergüenza y el miedo para acercarte a uno de ellos con la mano extendida y sentir en el caramelo que recibes el regocijo de la recompensa. Te fascina el fulgor de las cornetas, el penacho de los gorros de los músicos, y te fascina el orgullo marcial con que golpean los tambores que tanto te gustaría tocar a su lado. Y entonces has visto los globos, las caras abigarradas de los personajes de tus cuentos flotando a la brisa del atardecer, y en la frágil argamasa de tu memoria se ha amontonado el leve recuerdo de otras jornadas igualess: tus padres buscando la cercaría de los pasos, el bosque de piernas ocultando a tus ojos la inmediatez de un prodigio cuyos matices todavía se te escapan, el primer escalofrío del primer nazareno que un día vista tan cerca que te echaste a llorar. Todo se te ha fundido en el deseo apenas contenido que provocan los globos desafiando tu impaciencia, tu anhelo al fin colmado de sujetar el cable de uno de ellos en tu mano tibia, trémula de ansiedades y fantasía. Disfrútalo; apura esos instantes mágicos e irrepetibles que acaso algún día recuerdes desde los recovecos del sentimiento y la nostalgia.

miércoles, 30 de enero de 2013

El instante del cofrade

   En un pequeño instante reside la eternidad. Un beso a los pies de toda una vida detiene el tiempo en un momento. Un instante en la esquina de siempre es una realidad vivida mil veces, cada Semana Santa, situada en un espacio temporal concreto que finaliza cuando pasa la Virgen de la mesita de noche y que renace en el infinito de la memoria: Es el recuerdo de la madrugada que revive en la mente de Manuel Díez Crespo una vez que todo haya concluido. Entonces, cada cofrade será diferente. 

   Y es la nostalgia de este periodista del 27 al que los críticos no perdonan una obra tan extraordinaria como olvidada, y que no han querido desligar de los ideales políticos de su autor. 

   Existe un presente eterno que hace que las cosas siempre parezcan igual, pero ese no es nuestro tiempo. Los pies de nuestro Dios no tienen pasado y el reflejo de la candelería en la cara de la Madre de la Caridad no tiene futuro. Sólo presente. Dios es un eterno presente. 

   A nosotros, sin embargo, siempre nos persiguen los años. Por eso entendemos que cada Semana Santa nunca es igual, porque nosotros siempre somos diferentes. Y es que un año puede ser toda una vida. 

   La sección de Díez Crespo en ABC se titulaba «Diván Meridional» y sus artículos, poemas en prosa, gozan de una hondura portentosa. Se evoca lo ausente o lo lejano y para ello es imprescindible la memoria. Porque la memoria es cosa de poetas. El gran poeta Aquilino Duque se refiere a la prosa del periodista: no es una mera evocación superficial del pasado, sino una reflexión intemporal en la que pasado y futuro están contenidos en el presente. En 1983 aparece un artículo bellísimo titulado El instante y la eternidad y que se ha convertido en uno de las más hermosas evocaciones de una obra sin ley y sin memoria histórica. 


  Refiriéndose Azorín a Rubén Darío, argumentaba que dos cosas predominaban en las preocupaciones del poeta: el instante y la eternidad. Y esto es justamente lo que vemos como sustancia de la Semana Santa; lo que hace vivir en constante y fervorosa recreación a nuestro pueblo al ver cómo se nos escapa un suspiro por el más bello rincón, o como se esfuma entre la más bella luz la difícil salida de una cofradía. Y tras este suspiro o este misterio, un sueño divino hace que renazca en nuestra alma la imagen de aquel instante dentro de lo eterno. Y así se pasa la Semana Santa y así viene a nosotros s la Semana Santa, porque en el misterio de un instante vivimos la eternidad. (…)

  En nuestra Semana Santa está ese instante que nos hace llorar cuando nos va dejando en nuestra alma el más rico sabor de lo eterno. Y ¿cómo definir lo eterno? A uno se le ocurre ante un instante del paso de la Macarena, o de Pasión, a uno se le ocurre responder: la eternidad es un bello instante, siempre renovado en el infinito; una perfección que se nos muere y resurge como esas dos perfecciones que son la rosa y un paso de palio. (…) Y eso es nuestra eternidad y nuestro divino y sustancial instante.

jueves, 27 de diciembre de 2012

El discípulo amado de Laffón

el mundo es ancho y difuso, la vida es una semana

      Hace tiempo que le leí al periodista Ignacio Camacho que la Semana Santa estaba muy verbalizada, muy idealizada y que se alejaba considerablemente de una realidad que no resultaba ser la que cuentan libros, boletines, exaltaciones o pregones. La cotidianiedad de este tipo de actos ha desvirtuado en cierto modo la calidad de los trabajos y ha ensombrecido de igual manera la obra cofrade de poetas y autores incomensurables.

      Cuando Antonio Burgos se enteró del anuncio de Joaquín Caro Romero como pregonero de la Semana Santa de Sevilla del año 2000 su sorpresa fue mayúscula. Y se alegraba del nombramiento en uno de sus Redcuadros:

      El pregón de Sevilla es como una condecoración. Un honor cívico-religioso. (…) Me he alegrado del nombramiento de Joaquín Caro Romero porque dice mucho de las hermandades. Hace veinte años, hubiera sido poco menos que imposible que le encargaran el pregón a un premio Adonais. Y me sigue sorprendiendo que lo hayan nombrado (…) porque es hombre de mitologías clásicas, de poemas eróticos, de desesperanzas. De la verdad de la literatura, que suele ser una cosa muy distinta, si no opuesta, a las habituales falsías de las cofradías.

      Así que calculo que está aproximadamente a siete mil años (años luz, naturalmente) de las versificaciones al uso de los boletines de las hermandades, donde todo ripio tiene su asiento y donde todo abogado o médico se atreve con un soneto, que es como si pusiéramos a los poetas a operar apendicitis o a escriturar la compraventa de tres aranzadas de regadío en la Vega.

      Esa edición de 2000 asistió al prodigioso pregón de Caro Romero, una pieza extraordinaria, que considero no superada aún, y que, junto al pregón del mismo A.Burgos, representan la última sombra de la poesía cofrade de Rafael Laffón. Padrino y mecenas en su poesía primera, el magisterio del “Góngora sevillano” se hace patente en buena parte de su obra. Joaquín es el poeta de la promoción de los 50 y principios de los 60 que mayor grado de intimidad y espiritualidad ha tenido con el genial poeta, llegando a ocupar, incluso, su plaza de académico en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras.

      En ambas obras se descubre cómo la realidad de la calle se mezcla con la voz interior del poeta, un voz que traspasa el tiempo y que idealiza a la ciudad y a la fiesta en su memoria. Una saeta de luz fría que llega a los mismos posos del alma del niño que fuimos y que recorre una obra y un pregón que mezcla al más puro estilo barman lo culto y lo popular, que no lo populachero.

Igual que ayer permacece.
Sale poco de su casa.
Mas cuando sale traspasa
la muralla y la florece.
Tan adornada, parece
una novia en el balcón.
Su cara y sus manos son
del pueblo los aledaños.
Siempre alivia desengaños
esta moza de San Gil,
que dicen que por abril
cumple diecinueve años.



He dicho asombro donde otros dicen costumbre (Borges)  
Foto: Leopoldo Almisas

      Definitivamente creo que el último gran pregón de la Semana Santa fue el de Caro Romero aunque sus mejores textos no están contenidos en él. Suele ocurrir. Lo que sí es cierto es que esa mañana no sólo subió al atril Joaquín, también lo hizo su maestro. Nuestro admirado Laffón pudo decirle al discípulo amado con el descanso que otorga sentirse en lo cierto: “Sevilla, ahí tienes un poeta. Poeta, ahí tienes a Sevilla”

      El siguiente texto pertenece al poema “Niñez de túnica blanca” y alguna de sus estrofas las utilizó el autor en su pregón. Una voz interior y mística que espera el encuentro con el Santísimo Cristo del Amor al que le pregunta directamente si es el mismo que horas antes montaba sobre un pollino. Un Domingo de Ramos que se espera con ansia durante todo un año y que no quiere que llegue porque supone el inicio del fin, el de la Semana Santa y el de su propia vida. La altura lírica de este autor en algunos de sus textos sólo es comparable a esa prole creadora de la década de los 20, la edad de oro de la literatura cofrade.

I

Entre olivos y trompetas
fui enterrando la memoria
de los Ramos de una historia
de Domingos con saetas.
Los años son…papeletas
de sitio, perdido bien…
Una voz me dice: “Ven
que ha vuelto la Primavera”.
Y yo sé lo que me espera
si llego a Jerusalén.
(…)

II

Amor, ¿eres o no eres
el que he visto por la tarde,
cuando la cera no arde
y el Sol va donde Tú quieres?
Amor que en el tiempo hieres
el corazón con que amamos.
Son tantos, tantos los tramos
del hombre al niño que fui,
que estoy más cerca de Ti
cada Domingo de Ramos.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Teoría y realidad de nuestra Semana Santa

   Bien pudiera hoy asomar su ojo crítico Antonio Núñez de Herrera a la realidad de nuestra Semana Santa y sus lindes para advertir que esas mismas contradicciones de la Sevilla republicana, mística y extasiada con el vino de las tabernas le daría para escribir otro libro. Un análisis excepcional en el que retrató con sobriedad y colmillo la compleja realidad de una fiesta que se vive durante algo más de siete días. 

   Perteneciente a la revista Mediodía fue un activo militante de izquierdas que entendía perfectamente que cada cofrade tiene y siente su propia Semana Santa. Al igual que sus compañeros de generación, y aquí viene lo maravilloso, sentía un sincero respeto por lo sagrado. Ofrece una visión auténtica y universal de esta celebración y huye de tópicos que maltratan la imagen de cofrades y cofradías. 

   Semana Santa: Teoría y Realidad se publicó en 1934, es una obra fundamental, uno de los mejores manuales del idealismo literario cofrade y un libro que no ha caducado a pesar de la censura político-eclesiástica que lo tuvo oculto casi cincuenta años. 

     Es absolutamente magnífico el tratamiento que hace el autor de un concepto difícil de manejar: el Tiempo lírico. La ciudad tiene su propio Tiempo, creado sólo para ella, detenido en el recuerdo de un cofrade que este año ya no es el mismo que el del año pasado. Por eso la Semana Santa no tiene pasado, es únicamente la vivencia del instante: La Semana Santa no había existido nunca. Es cierto que se celebró otros años. Pero auténtica existencia no tiene hasta este Domingo de Ramos. Las otras Semanas Santas pertenecen a la Historia, es decir, al recuerdo. Y toda memoria se va, desaparece con su caudal de tiempos y acontecimientos, ante el hecho sencillo de salir los nazarenos a la calle

     En estos tiempos en los que la opinión de cada cofrade es sacratísima, se desprecian libros que no se han leído y se obvia la opinión de verdaderos profesionales. En estos tiempos en los que de la teoría a la realidad de nuestra Semana Santa va un trecho, Núñez de Herrera tendría mucho e interesante material con el que reeditar y ampliar su obra. Hoy os dejo, en mi modesta opinión, uno de los mejores textos cofrades escritos hasta la fecha. Se titula “Conjunción del sentimiento y del paisaje”.

Abres las ventanas de tu casa
por las calles inundadas
de besos que te esperan.

     La ciudad tiene lugares y ocasiones. El buen saboreador conoce bien sobre qué confluencias florecen las maravillas y cuándo es la sazón y madurez de lo magnífico. Sabe con qué luna rebrotan ciertas calles recoletas y cuándo el olor de azahar es un vino como otro cualquiera y en qué madrugadas la Giralda es no sólo la mejor torre, sino la mejor mujer del horizonte. 

     La ciudad es en cierto modo un sistema de conjunciones. En la Semana Santa, por ejemplo, se da siempre entre el alma y el tiempo y el espacio, entre la hora, el sentimiento y la arquitectura, una organización de ecuaciones que únicamente para determinadas circunstancias toman valor concreto y solución exacta. 

     Hay esquinas que son el mejor párpado de la sorpresa y plazuelas donde es posible oír saetas mal entonadas. Existen horas en la noche para que gorjeen canarios de oro fino en la selva de molduras de los pasos, y luces frías, humedecidas por el río de la tarde, que alumbran sólo para esmerilar la agonía que vidria los ojos del Cachorro. Hay una geografía de la Semana Santa y es necesario un reloj que marque el momento astronómico en que la cal y las ventanas deberán ser complementos plásticos para la opulencia de las procesiones en la calle. 

     La Semana Santa es principalmente espuma de concordancias. Los elementos simples navegan sujetos siempre y orientados a la conjunción que los acople. La voz del capataz deberá sonar de una manera especial en esta plaza. El anochecer tendrá unas luces determinadas y habrá un balcón que será greca provisional en la arquitectura total que levantan el aire, la hora, el gentío, la casa del fondo, el paso, el color de las túnicas y el cielo, el redoble de los tambores, la luz de los cirios y la frase esa que se tiene que oír forzosamente para que se compongan, abrochen y reaccionen esos materiales en un solo edificio de milagro. Y lo que falte lo suplirá el espíritu. 

     Llamas violentas volvieron una vez pavesa de recuerdos la Virgen de la Hiniesta. Pero todavía hay unas calles y unas horas que le pertenecen. Y todos los años hay que estar allí y en el minuto exacto cerrar los ojos para verla pasar recompuesta por las potencias del alma. Sobre la calle y el instante la Virgen de la Hiniesta aquí otra vez. Por memoria, entendimiento y voluntad. Y luego echarle olvido a ese rencor sin norte que da portazos por la calle solitaria. Salía de San Julián a las siete de la tarde.

miércoles, 31 de octubre de 2012

LA GLORIA DEL COFRADE

     Amanece noviembre preñado de luces blandas, pesante en el recuerdo y en el agrio que da las distancias. La ciudad y el espíritu empiezan a gozar de un tiempo henchido de una rotunda y suprema simplicidad. Y junto al primer abrigo aparece un autor interesantísimo llamado Manuel Chaves Nogales, periodista y escritor sevillano de principios del siglo XX y miembro del grupo de Mediodía. Destaco entre sus obras La Ciudad (1921) y una serie de artículos sobre la Semana Santa publicados en Ahora durante 1935.

     La Ciudad es uno de los referentes de la literatura y el periodismo español. Para los estudiosos esta obra, junto con algunos textos de Núñez de Herrera en su Semana Santa teoría y realidad, es un manual del idealismo literario y un libro al que acudimos frecuentemente cuando intentamos contextualizar sentimiento y paisaje. El idealismo de Chaves Nogales reduce el universo cofrade a una actividad del espíritu y se contrapone, en parte, al realismo de principios del siglo pasado, quizás como augurio del exilio francés que sufrió el periodista casi veinte años después.

     En 1922 se trasladó a Madrid en busca de unas oportunidades que la vida le concedió, se convirtió en redactor jefe de El Heraldo y ganó, en 1927, el premio más prestigioso del periodismo español, el “Mariano de Cavia”. A punto de estallar la guerra civil y, a pesar de ser considerado referencia periodística republicana, escribe el artículo que viene en este día en el que los cofrades tenemos más presentes que nunca a esos hermanos que lo fueron todo en la cofradía y que se marcharon, debidamente, con su túnica puesta. Se titula “La gloria del cofrade”.


El dolor va sin adorno
por el sepulcro de un día
en que la soledad empredía
                                  un viaje sin retorno                (Jarevalo)


           Cuando la procesión termina y la Virgen vuelve a su capilla, es ritual que los cofrades, antes de quitarse la túnica que ya no vestirán de nuevo hasta el año siguiente, se reúnan en torno a la imagen y, rodilla en tierra, recen una Salve a la Virgen. Después de la Salve, el mayordomo ordena que se retiren del paso los ramos de flores y los reparte entre los hermanos. Los mejores ramos son para los hermanos muertos.

            Al día siguiente de la procesión, el mismo Hno Mayor anda por los senderillos floridos de aquel alegre cementerio de Sevilla buscando las tumbas olvidadas de los cofrades para dejar sobre ellas los mejores claveles de la Virgen. Estas flores frescas son toda la gloria que aguarda a los cofrades, esos hombres humildes de las barreduelas sevillanas, sencillos menestrales o ingeniosos artífices que se pasaron la vida trabajando en su tallercito y se murieron con la única ambición de añadir unos hilillos de oro o unas libras de cera o plata al tesoro de su Hermandad.